domingo, 10 de agosto de 2014

Una vida sin recuerdos




Cuando era pequeña uno de mis mayores entretenimientos era mirar fotos, vivía en la casa de mis abuelos y en una vieja caja de cartón había cientos de fotografías, por esa época mi abuela ya contaba con más de setenta años y en aquella caja estaban sus hermanos y ella cuando eran jóvenes, fotos en blanco y negro en las que el paso del tiempo había dejado huellas, pero que contaban las historias de mi familia, también había fotos mías,  de mis padre, mis tíos, mis primos, en definitiva nuestras vidas en imágenes. Con el paso de los años en aquella caja se sumaron las fotos de las familias que cada uno fue creando hasta llegar a la mía, cuatro generaciones reunidas dentro de una caja de cartón.

La vida familiar como todo en la naturaleza cumple unos ciclos invariables, un día mis abuelos se marcharon y la caja con las fotos pasó a manos de mi tía la mayor y allí siguen bien resguardados nuestros recuerdos, recuerdos que un día tal vez me toque custodiar al ser la mayor de la tercera generación, pero en la caja de cartón el paso del tiempo se detuvo con el nacimiento de mí nieta mayor, con la llegada de internet y la digitalización de la fotografía ahora nuestros recuerdos viajan por redes invisibles, están guardados en otra caja algo más nueva, pero en la que mis nietos al buscar no encuentran nada, algunos se conservan en una simple tarjeta, no importa el soporte en el que las resguardemos del paso el tiempo, pero para acceder a ellas necesitamos el ordenador, la televisión en definitiva dedicar tiempo.
La forma más fácil de acceder a nuestras fotos es guardarlas en el ordenador, pero ¿cuántas veces las hemos perdido irremediablemente por un accidente informático? Lo he vivido en primera persona, la historia gráfica de mi familia guardada en el ordenador y un buen día una infección, un intruso me arrebataron mis recuerdos, el de mis hijos y el de mis nietos, mi nieto Alejandro nunca podrá ver la primera vez que jugó con la nieve, ni los demás tendrán la visión de sus caras el día de la llegada de los Reyes Magos, tampoco la pequeña su carita de gusto al saborear la primera papilla. Y yo me pegunto cuando mis bisnietos comiencen a tener consciencia familiar ¿en qué vieja caja encontrarán sus raíces?

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