A veces nuestro compañero de
viaje, el que comparte nuestro día a día, hora a hora, no lo elegimos, o si,
pero de forma ocasional, porque la vida nos condujo por un camino que, aunque
paralelo al suyo, es cercano, sentados en la misma fila den el tren de la vida,
pero en ventanillas opuestas y en un viaje tan largo, poco a poco la
solidaridad nos va acercando.
A veces un compañero así nos
sorprende y se descubre como alguien próximo, entonces es difícil mantenernos a
salvo de las implicaciones, pero incluso en este caso, poco a poco vamos dando
lo mejor de nosotros, hasta que creamos una simbiosis, que va más allá de puros
beneficios mutuos. Una vivencia como esta me conduce a pensar en los motivos
por los que nuestras relaciones fracasan y a menudo nos vemos inmersos en
tormentas emocionales, aun cuando haya respeto, honestidad e incluso amor y he
llegado a la conclusión de que la clave está en las expectativas. De nuestras
parejas, de nuestra familia e incluso de nuestros amigos siempre esperamos
cosas, que ellos a veces no pueden, o no quieren darnos y a su vez estos
esperan otro tanto, justo en el momento en que las premisas que hemos puesto a
la relación fallan, llegan las decepciones, las réplicas, los silencios y las
distancias, pero en el caso de este compañero circunstancial a quien nada
ofrecimos y de quien nada esperamos en el terreno emocional, a base de
camaradería, silencios oportunos, charlas, “viajes por el pasillo del tren”, sonrisas y
muchas otras cosas, la mayoría impalpables, hacen que poco a poco forme parte de
nuestro mundo, hasta olvidar, que en
medio, está el pasillo del tren.




